Cuando la ambición cambia de bando

Ambición. Suena mayoritariamente negativo, como si fuese ligado a ese «ser demasiado ambicioso» que hay que evitar si quieres mantenerte en el camino correcto. Pero a la vez, usado de la forma adecuada y en cierto ambiente, es extremadamente positivo. Porque la ambición suele ser profesional, como esas frases hechas compuestas de palabras que parecen nacidas para ir siempre de la mano. Ambición profesional. Como si no pudiera asociarse, así de primeras, a ninguna otra palabra.

La ambición ha de expresarse en el terreno profesional, y LinkedIn es claro ejemplo de ello. Está bien visto querer crecer profesionalmente, «climbing the corporate ladder» como dicen los de habla inglesa. Es el camino a seguir, el único, el verdaderamente profesional. Porque la ambición profesional es vista como crecimiento, progreso, ¿y quién no iba a querer crecer? ¿quién no iba a querer mejorar?

Esta es la narrativa hegemónica, la que tomamos por válida y triunfa en cualquier narrativa empresarial por lo fácil. Por lo digerible.

Pero pocas veces nos paramos a pensar si es cierta, o cual es su cara B. Efectivamente la gran mayoría queremos progresar, crecer, evolucionar, mejorar. Pero a veces la ambición profesional tiene un coste personal muy alto. A veces, crecer profesionalmente implica dedicar muchas horas extra a trabajar, más de las 8-9 horas reglamentarias. Y como el día no es eterno, las consecuencias las paga tu vida personal. Se resiente tu salud porque tienes menos tiempo de hacer deporte o de dormir. Se resiente tu humor, tu estado de ánimo, porque te queda menos tiempo de ocio. Se resiente tu vida de pareja o con tus hijos, porque se reduce el tiempo con ellos. Y no solo se reduce el tiempo, sino que tu estrés y tu cansancio físico y mental aumenta. El poco tiempo que pasas haciendo otras cosas, es de peor calidad. Eres una versión peor. Por no hablar de la conciliación, y de que a veces no es ni factible. La ambición profesional está bien, pero no es el único camino.

Como parte de esa narrativa hegemónica está la creencia de que la ambición solo puede ser profesional. Ya lo he dicho muchas veces, yo era de las que de pequeña soñaba con tener un trabajo que me encantase aunque no tuviera familia. Mi realización como persona y mi objetivo vital estaba dirigido a mi realización profesional, o eso me habían hecho creer.

A medida que fui creciendo, y trabajando, y relacionándome – en definitiva, adquiriendo experiencia vital-, mis valores cambiaron. Mi valor como persona no está intrínsecamente relacionado con mi trabajo, ni con lo que produzco como trabajadora. Obviamente tengo objetivos: quiero dedicarme a lo que me gusta, con la gente que me gusta, e intentar aprender cada día para hacerlo mejor.

Pero mi ambición, aquella que de pequeña me hacía pensar que mi trabajo era mi razón de ser, ha cambiado de bando. Sigo teniendo ambición, pero tengo mucha más ambición personal. Mi ambición ahora consiste en pasar tiempo de calidad con mis hijas, con mi familia. Aprender nuevas formas de educar, dotarme de herramientas que pueda enseñar a mis hijas. Sacar adelante y educar a dos personas, que dan ochocientas mil vueltas en importancia a cualquier tarea de mi trabajo. Construir recuerdos con ellas.

Estoy criando dos seres humanos con toda su complejidad, sentando las bases de lo que será su autoestima, su confianza, sus valores, su manera de afrontar la vida el día de mañana. Con cada hora que paso al día y simplemente a través de vivir con ellas, les estoy impactando mucho más de cualquier impacto que yo pueda tener en mi carrera profesional entera. La forma en la que me presento ante ellas, lo que me ven hacer, cómo les hablo, los momentos que compartimos, todo va a ser absorbido por ellas como esponjas nuevas y ávidas de aprender. Van a reproducir aquello que ven. Y cada grito, cada frustración mía, cada vez que el estrés laboral se interpone en mi día a día y lo pago en casa, tiene mucho más impacto en ellas que, repito, cualquier patinada a nivel laboral.

Creo que no nos damos cuenta de que la balanza siempre debería pesar más del lado humano. Del sacar adelante a los nuestros, del poner cariño, dedicación y esfuerzo en progresar como seres humanos sociales.

En nuestras empresas no paramos de formarnos, de adquirir nuevas habilidades, de usar IA. ¿Cuántas herramientas hay a nuestra disposición, y usamos, para ser mejores padres? ¿Mejores amigos, mejores hijos? ¿Cómo es que seguimos criando «como se ha hecho toda la vida«, mientras que la tecnología ayuda en cualquier otra cosa completamente accesoria de nuestra vida? ¿por qué hay millonarios pasando 10 segundos en la luna pero muy poquitos recursos sobre cómo gestionar nuestro lado humano? Cómo resolver conflictos, cómo aumentar la empatía, cómo reforzar la autoestima, cómo fomentar la escucha activa. ¿Por qué hay 80 másters de inteligencia artificial & big data y cero cursos post-parto que te preparen para el mayor reto de tu vida, qué narices hacer con un bebé hasta su edad adulta (y hacerlo bien)?

Y el tiempo. Ah, el tiempo. Qué poco valoramos el tiempo. Qué forma de llenarlo siempre. De planes, de podcast, de ruido. Qué ruido constante. Qué necesidad de sentirnos productivos. Ojo, yo también soy culpable de querer acumular conocimientos en forma de podcast y vídeos constantemente, sin que me de tiempo a aplicar absolutamente nada. Pero qué bien las tardes de parque. Las guerras de cojines con mis hijas, los ataques de risa hasta que te duela la tripa. Los silencios. Mirar al cielo y notar ese «crack» en el cuello. Las tardes de no hacer nada y a la vez sentir que has recargado energía.

Los momentos que más recuerdo son los de calma. Sosteniendo a mis chicas en brazos, o de viaje mirando por la ventanilla.

Mi ambición es muy personal ahora, y tengo más objetivos y a la vez más sencillos. Pasar más tiempo en familia. Con amigos. Tener un trabajo que me permita una estabilidad, financiera pero también mental, y que me permita conciliar. Que me guste, sí. Pero sabiendo que el impacto de ese macro proyecto con máxima visibilidad es en realidad irrisorio comparado con el impacto que tengo en las dos personitas que estoy ayudando a crecer. Porque la prioridad son ellas, siempre. En esta era de la productividad, la IA, la tecnología y una sociedad trabajo-céntrica que gravita en torno a lo profesional, es hora de que cambiemos la ambición de bando. Y dejemos de menospreciar a aquellos que lo hacen, como si fueran peores profesionales o poco comprometidos. Son solo personas que se han dado cuenta de que, en realidad, lo más importante del ser humano es precisamente… eso.

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