Forever young… beautiful, skinny, and so many other things

La industria de nuestras inseguridades.

Capitalizar las inseguridades de las mujeres ha sido uno de los inventos más fructíferos para los negocios del mundo entero. La cultura en la que hemos crecido las Millenials nos bomboardeaba con modelos de belleza de delgadez extrema, siempre con su piel blanca y su pelo liso (¡qué daño han hecho las planchas del pelo!). Siempre joven, siempre delgada, siempre guapa. Esto no ha cambiado. Aunque se ha tomado más conciencia social de algo que se tenía demasiado interiorizado y normalizado, y aunque afortunadamente ahora se empiecen a ver más diversidad en modelos de belleza, aún queda muchísimo camino por recorrer. La edad de los primeros retoques estéticos ha descendido de los 35 a los 20 años en España. En mi época teníamos el enorme problema de la moda de la delgadez, causa y consecuencia de problemas de alimentación masivos entre la población femenina. Pero es que ahora se suman otros. Lo que antes se consideraba cool era que se te notasen los huesos de las caderas lo máximo posible, y llevar unos pantalones bien bajos de tiro para enseñarlo. Lo que ahora se considera cool es un sinfín de retoques que te hagan estar lo más cerca posible de un tipo de cara: labios gorditos, nariz pequeña y respingona, cejas bien delineadas, pómulos prominentes. Y como todo evoluciona, también la industria ha sabido sacar rédito de la inseguridad de las mujeres, y ha continuado perpetuando y acentuando el mensaje único: siempre tienes algo que te puedes mejorar. Botox, rellenos de ácido hialurónico, birching, cirujías faciales a precios que la clase media se puede permitir. Cada vez más soluciones a los cada vez más supuestos problemas en el físico de las mujeres.

Cuando yo tenía 20 años ni me llegaba a plantear nada de estos nuevos tratamientos. Ni yo, ni nadie en mi entorno. Teníamos obsesión por la delgadez enfermiza. Yo misma he sufrido bulimia durante años. Y sí, no es solo la obsesión por el físico lo que te lleva a esta enfermedad mental, lo sé. Aunque desde luego no ayuda. Pero a ello se suman hoy día unas cuantas imposiciones más, y el crecimiento desmesurado de una industria que se nutre de nuestros complejos, de nuestra necesidad de perfección, de la idea que se nos han inculcado de que nuestro mayor valor radica en nuestra belleza. Es nuestra puerta de entrada a la sociedad. Lo que define la mirada ajena. Siempre guapas, siempre jóvenes, siempre delgadas.

Y no nos equivoquemos, no somos libres eligiendo. Maricarmen, claro que te maquillas porque quieres, pero no lo confundas con una elección libre. Libertad es elegir entre rojo o azul. Pero cuando hay una consecuencia negativa si no haces algo, y una consecuencia positiva si lo haces, no es libre ni neutra: es una elección condicionada. Sí, claro que puedo no maquillarme, pero sé que el no hacerlo me va a suponer recibir algún que otro comentario de «qué mala cara tienes», «¿te pasa algo?», y no voy a ser percibida por mi entorno de una forma tan positiva como si fuera maquillada. Y no hablemos ya si te trata de un evento.

Por eso es tan, tan complicado, ser coherente con todo lo que vamos cuestionándonos en el feminismo. Esto se trata de cuestionarnos por qué hacemos las cosas, analizar las estructuras sociales y culturales y aprender y desaprender continuamente. Pero no necesariamente eso va unido a poder poner en práctica todo lo que, racionalmente, podemos elaborar y ver con claridad. Al igual que sabemos que no debería preocuparnos tanto pesar 4 kilos más o menos, pero nos es muy complicado desprogramarnos para que nos deje de importar. Racionalmente lo sabemos, pero emocionalmente no estamos, muchas, preparadas para hacerlo. Porque hemos aprendido que nuestro valor como mujeres reside en cuánto nos acercamos a los canones de belleza. Y eso está grabado en nuestra parte emocional, en nuestra autoestima, junto al miedo al rechazo y el deseo de sentirnos aceptadas. Va en contra de cualquier instinto de supervivencia. Cualquier ser humano si se siente amenazado, si siente que cumpliendo una serie de comportamientos, actitudes o atuendos va a poder pertenecer a su grupo social, va a intentar cumplirlos para sentirse aceptado por la comunidad. Para sobrevivir en sociedad. Para no ser apartado.

Pedir que las personas que somos conscientes de esta tiranía de la estética de la que las mujeres somos y hemos sido siempre históricamente las principales víctimas, vayamos a contracorriente y dejemos de cumplir todas esas convenciones que consideramos injustas, es como decirle a alguien con fobia a volar que no pasa nada, que no tenga miedo. «Si no te gusta, no lo hagas» sería fácil si la consecuencia de no hacerlo no fuera la condena social. El primer paso es el análisis, pero para los siguientes pasos como ponerlo en práctica, hace falta más que la voluntad de las mujeres.

De forma colectiva, hace falta concienciación social, educación y cambio en la mirada y presión estética hacia las mujeres. Solo reduciendo esas consecuencias negativas vamos a poder crear un espacio seguro para que, la que quiera, deje de maquillarse o depilarse libremente de verdad. Sin ser señalada, juzgada o criticada. De forma individual, hace falta mucha deconstrucción y trabajo interno. Para las que hemos crecido y hemos sido educadas en contextos heteropatriarcales, tenemos grabado a fuego en nuestro ADN emocional que estos comportamientos aumentan las posibilidades de ser aceptadas. En cualquier entorno: laboral, romántico, social. Tenemos más probabilidades de éxito si vamos arregladas, maquilladas, depiladas, teñidas en cualquier aspecto de la vida. Si somos atractivas. Si somos delgadas. Si no se nos notan mucho las arrugas. En definitiva, mayor probabilidad de supervivencia. Hay muchas que son capaces de hacerlo, otras que deciden cuáles son sus batallas (no dejar de hacerlo todo, si no lo que menos les afecte), y otras que no podrán de hacer ninguna de esas cosas. Pero eso no quiere decir que no sean conscientes de por qué lo hacen.

Y aunque hemos avanzado mucho en señalar este tipo de actitudes, a la vez la industria estética va in crescendo. Y cada vez crean más necesidades. Señalan y apelan a tus defectos, o te hacen ver defectos donde antes no estaban. Porque la máxima de la industria es que siempre, siempre, el cuerpo y cara de la mujer es susceptible de mejora.

Y mientras, seguimos cayendo en las redes de esta tiranía que lejos de suavizarse es cada vez más fuerte, más tirana, nos roba más tiempo y más dinero. Nos mantiene ocupadas en preocupaciones superficiales, en lugar de ser Mark Zuckerbergs con un armario lleno de camisetas azules para poder centrarse en las decisiones verdaderamente importantes (aquí el post que escribí sobre esto hace un año, porque toda concienciación es poca ;). Nos quita el tiempo y el dinero que no tenemos, a la parte más baja de la balanza.

Siempre guapa. Siempre delgada. Siempre joven.

P.S. – Por aquí dejo un par de clips de Julia Salander, que se explica mil veces mejor que yo:

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