Estoy empezando a cansarme un poco de las últimas reflexiones que escucho sobre este tema. Es algo que llevo ya años hablando con amigas, familiares, leyendo y escuchando debates en las redes.
Me parece alarmante que el 100% de las veces que hablo con otra mujer, sea amiga, familiar o conocida me encuentro con que su situación es exactamente la misma. Y cuando lo contrasto con sus maridos, también lo confirman: la carga mental del 95% de las cosas de la casa y la familia la lleva ella. Por carga mental entendemos todas esas tareas invisibles que se dan lugar en nuestra cabeza para que las cosas salgan adelante: planificación, gestión, lista de tareas pendientes, etc.
Los hombres son los grandes ejecutores. Algunas frases que a casi todas os resultarán familiares «bueno, pero es que cuando lo dices yo lo hago«. Y vuestra sensación de «si yo no me acuerdo de algo, no se hace«. ¿Por qué? Porque quienes llevamos la cuenta de lo que hay que hacer, cuándo, y los pasos a seguir para hacerlo somos nosotras.
Pero no es eso de lo que estoy cansada, aunque sí. Estoy cansada de las respuestas del estilo «reparte las tareas, pero luego tienes que dejar que tu pareja haga las cosas a su manera. No supervises. Porque cada uno tiene su forma de hacer las cosas y las dos son válidas.«. Bueno, pues perdonad pero NO.
Una cosa es tener maneras diferentes de hacer las cosas, o relajar el perfeccionismo, y otra muy distina hacerlas a medias o mal. Vamos a definir y a acordar primero entre los dos cuál debe ser el nivel mínimo para hacer esta tarea bien, y luego ya me pides que le deje hacerlo. Porque lo que me encuentro muchas veces son meros checks, chapuzas para quitárselo de encima. Y eso no es «su manera de hacer las cosas«. Eso es desinterés puro. Por poner un ejemplo: si una pareja decide repartir las tareas y al hombre le toca encargarse de las cenas de adultos y niñ@s, no puede ser que 3 días se le olvide descongelar la comida o que 4 improvise tirando de salchichas óscar mayer y huevos fritos. Que OBVIAMENTE sé que los niñ@s van a sobrevivir, ése no es el tema. Pero no me pidas que te compre ese argumento de «es que esta es mi forma de hacerlo«, porque no.
Por la misma razón por la que si tu jefa te encarga algo como responsabilidad, no se te olvida la mitad de los días o lo haces deprisa y corriendo y luego le dices «es que yo lo hago así, rebaja tu perfeccionismo«. Y no es que nos esté comparando con jefas, es que no lo harías con un compañero ni espero que con nadie. Y la razón por la que es fácil ver el sinsentido en este ejemplo dentro del entorno laboral, demuestra cuál es el foco claro del hombre en general: nos han educado con unos roles para sentirnos valorados y pertenecientes, y al igual que a las mujeres se nos ha cincelado en base al cuidado y a las tareas del hogar (con estándares bastante altos de nuestras madres y abuelas), y nos han metido en vena la idea de que nuestro valor es ése y la belleza (cuánto más guapa y joven estés, según los cánones de belleza actuales, más valorada serás), a los hombres se les ha inculcado su valor para proveer e iluminar. No se nos olvide que hemos crecido con historias de príncipes que salvaban a princesas, que les solucionaban la vida y que hasta hace bien poco casar a una hija era «colocarla», porque el hombre tenía obligación de mantenerla a ella y a toda la familia que construyeran juntos. Y por ese motivo, las mujeres tenemos que estar siempre delgadas, jóvenes y guapas, y saber encargarnos de los cuidados. Y por ése motivo, ellos deben dar sustento familiar y ser interesantes, iluminarnos con su brillantez y perspicacia. Y por ese motivo, los hombres tienen una presión extra en su carrera profesional. Y por este motivo, ponen más foco en su trabajo. Y sienten que ésa SÍ es su movida, es su responsabilidad y deben desplegar todas sus capacidades. Pero en la casa y en los hijos… regulinchi. Por supuesto que muchos lo intentan genuinamente (¡gracias! 🙂 pero les cuesta. Porque no han sido programados para sentir que ésa es su movida. No la sienten como tal. Se esfuerzan en sentirla, pero la realidad es que el cómo hemos sido educados y qué se nos ha enseñado que debemos hacer para ser valorados y pertenecer, es muy difícil de cambiar. Soy optimista, pienso que las siguientes generaciones estarán más avanzadas. Pero por el mismo motivo que a mí me cuesta horrores no sentirme mal por no llegar a todo, como hacía mi madre, a ellos les cuesta reprogramarse para desplegar las mismas capacidades en el entorno familiar. No es fácil para ninguno.
Las capacidades están ahí: son las mismas que usa un project manager, o cualquier persona en el trabajo. Sabe su lista de tareas, el status de cada uno, planifica cómo llegar a sus objetivos en un tiempo determinado y con unos recursos determinados. El argumento manido de «uy, es que vosotras estáis muy por encima, yo no puedo pensar tantas cosas a la vez«. Bueno, lo primero, sí, sí que puedes. Puedes perfectamente porque en el trabajo eres un crack. Y lo segundo, la realidad es que yo no soy superior ni tampoco puedo llevar mil cosas a la vez, por éso me estoy quejando. Porque si las mujeres somos tan superdotadas, ¿cómo es que los que ocupan cargos más altos en las empresas suelen ser hombres? Deberíamos de dominar el mundo si nuestras capacidades estuvieran tan por encima como nos hacen creer a veces alabándonos para eludir responsabilidades.
Pero a lo que iba: está bien aflojar en perfeccionismo, y aceptar que cada uno tenemos formas diferentes de hacer las cosas. Pero igual que por un lado se afloja, por el otro se debe subir el nivel: acordemos que el menú semanal debe ser equilibrado. Debe llevar carne, verdura, pescado, fruta. Debe haber la comida que hemos pensado para la cena de ese día en la nevera. Se puede improvisar, sí, pero si se improvisa 3 días a la semana se llama no encargarse de las cosas.
Estoy un poco cansada de este tipo de argumentos porque parece que, siempre que nos quejamos (y con razón) sobre algo que evidentemente no está equilibrado, ya sale la rama del «ya bueno, pero ajústate«. Siempre al final recae en las mujeres. «Ay hija, es que son así». «Ay, no seas tan exigente». «Bueno, mira, se ha encargado de comprar algún globo para el cumple, al menos ha hecho algo«. No, si al final va a resultar que como siempre somos nosotras las que tenemos que cambiar. Ya me pongo yo tapones en los oídos para que tú ronques agusto. Ya me cambio la minifalda por un pantalón bien largo para salir de fiesta no vaya a ser. Ya rebajo yo mis estándares de nutrición y limpieza no vaya a ser que te de una embolia por preparar el menú y llevarlo a cabo.
Que igual va siendo hora de dejar de poner el foco en las mujeres para todo. Digo yo.



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