No estás enferma, estás embarazada.

Estaba intentando buscar un post de instagram que vi hace no mucho. Resumía perfectamente lo que sentí al quedarme embarazada, los cambios que sufrí físicamente y el choque emocional al ver que mis valores y prioridades no eran los mismos que los de la sociedad. Como no lo encuentro, voy a intentar resumirlo por aquí:

En 2017 me quedé embarazada de Mariflor, y como muchas de las primerizas, pensamos que el embarazo es lo que nos han vendido siempre: un estado maravilloso donde nos sentimos estupendas, felices, llenas y preciosas. Nada más lejos. Desde la sexta semana, mi útero se retorcía de dolor y me pasaba los días en el baño, vomitando. Hasta la octava semana de embarazo no pude ir al ginecólogo. Recuerdo correr hacia el baño de la sala de espera, con la mano en la boca.

Seguía trabajando, a veces desde casa. Allí me llevaba el portátil al baño y atendía calls con el váter siempre cerca, porque los vómitos no cesaban. Pasé los primeros 5 meses (y se alargó hasta el final del embarazo) con dolores, cansancio, vómitos diarios y sensación de estar mala. Tampoco podía sentarme bien, porque la columna se estaba desplazando por el embarazo y eso me producía un intenso dolor en el sacro. En las reuniones presenciales lo pasaba fatal.

Además de todo eso, era una época estresante en el trabajo. Cuando fui al médico de la seguridad social, me encontré con la primera respuesta que me dejaría sin palabras: «No estás enferma, estás embarazada. Es lo que hay«. Mi cabeza me explotaba.

«Sí, pero si te dijera que no estoy embarazada pero estoy vomitando todos los días y me encuentro mal, ¿me darías la baja, verdad? Porque no estoy en condiciones de trabajar, necesito descansar y recuperarme. La diferencia o el único problema aquí, aparentemente, es el hecho de que estoy embarazada. Sin embargo las razones por las que normalmente alguien se le da una baja laboral no es la causa de su problema, si no su consencia: ¿tiene dolores? ¿tiene síntomas que le impidan trabajar?»

Parece ser que en los embarazos no funciona así. Aunque estés creando una vida que te consuma la energía y te provoque toda serie de dolores, molestias e incomodidades, al sistema le da igual: no es motivo para no ser productiva. Estar embarazada es algo bueno, y aunque implique malestar en la madre, nos da exactamente igual. Es más, valoramos tan poco ese proceso que no le damos importancia al hecho de que crear una vida necesita cuidados, energía, reposo. Al nuevo bebé le perjudica el estrés de su madre, su malestar, sus idas y venidas, el que no se cuide. Como sociedad, esto nos resbala bastante.

«Afortunadamente la causa de mi malestar es la mejor noticia posible: estoy embarazada. Pero eso no disminuye, mitiga ni borra de un plumazo las consecuencias físicas que tiene para mí. Mi cuerpo está sufriendo un cambio brutal. Mi columna se está desplazando, mis órganos se apretujan entre ellos para hacer hueco al bebé mientras a mí me cuesta más respirar, me duelen las rodillas del peso. Vomito cada día, y no puedo estar tumbada porque la acidez me mata. Tengo que dormir con una almohada entre las piernas y cojines en la espalda para mantenerme incorporada. Muchos días duermo en el sofá, sentada. Por la acidez, por el dolor de espalda de soportar un nuevo peso en mi tripa. No descanso. No puedo estar más de 10 minutos sin ir al baño porque me estalla la vejiga. Las taquicardias son frecuentes y diarias. Necesito tranquilidad, paseos, ejercicio moderado, descanso y cuidados. Mi bebé necesita todo eso. Pero la sociedad, mi médico de cabecera y mi ginecóloga, consideran que no. Que mi bebé lo que necesita es que su madre se deje de tonterías, que no está enferma, y siga cogiendo el metro o el coche para ir a trabajar. Que si tiene que vomitar, que para eso están los baños. Consideran que el estrés del trabajo es lo que tiene, y que mi bebé puede con eso y con más.»

«Yo estuve haciendo guardias hasta la semana 38» me espetó mi ginecóloga de la seguridad social. Ambas, médico de cabecera y ginecóloga, mujeres. De unos 50-60 años, quizá tenga que ver en su perspectiva.

Jactarse de haber trabajado hasta casi el día del parto, lejos de parecerme un logro, me parece caer en la trampa social, de nuevo con obvia discriminación de género. Siento que haya mujeres que hayan llegado tan lejos, porque a mí me parece una barbaridad. No las envidio, ni las admiro. Me da lástima que no hayan podido cuidarse y descansar unos meses dentro de esa ardua tarea de gestar. Y por supuesto me deja perpleja como razonamiento proveniente de mi propia ginecóloga, que me lo dice con el único objetivo de culpabilizarme. «Deja de quejarte y a trabajar«. ¿En qué momento nos han conseguido engañar también a nosotras? Quizá la frase de Simone de Beauvoir es la que mejor lo describa “El opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios oprimidos”.

En mis visitas al médico siempre contaba la verdad. Lo normal, vaya. Lo que me pasaba, sin exagerar. Ella parecía entenderlo, pero por algún motivo le era muy difícil hacerlo oficial, por lo que me aconsejó «vete a urgencias y di que tienes muchas contracciones, o que has sangrado. Da igual que mientas, pero así con ese informe yo te puedo dar la baja«. ¿Estamos locos? Por supuesto no iba a mentir, y mucho menos en algo tan serio como era mi embarazo. Pero debemos tener un sistema tremendamente enfermo para que los propios médicos te den este tipo de consejos.

Recuerdo mucha frustración. Me dieron la baja a los 5 meses con Mariflor, y aunque a mucha gente le parezca prontísimo, yo aún me sorprendo de que pudiera aguantar tanto. Muchos lo ven como aprovecharse del sistema, pero sin embargo si estás enferma con los mismos síntomas pero sin estar embarazada, te desean que descanses todo lo que necesites. Parece que el estar embarazada es una bandera roja para el filtro de la gente, que te prejuzga sin miramientos. «Ya está ésta, que se va a coger la baja en cuanto pueda y a vivir». Como si estar embarazada fuera algo liviano, ligero, trivial. Como si por estar embarazada y querer estar bien tuviéramos que justificarnos ante todo el mundo, todo el tiempo.

En 2019, con Monete, me pasó muy parecido y no lo dudé. A los 3 meses, cuando ya había pasado mes y medio de desgaste y ya sabía lo que me esperaba, fui al médico con la intención de no aceptar un no por respuesta. Mi bebé necesitaba que lo empezase a cuidar desde YA. No desde cuando le pareciera bien a la sociedad, a los médicos o a las empresas. Venía además de haber perdido un bebé a los dos meses de embarazo, y no estaba dispuesta a correr el más mínimo riesgo de que aquello sucediera de nuevo.

Afortunadamente me dieron la baja y pude cuidar de Monete en la tripa y de Mariflor en casa, aunque a los 6 meses de embarazo vinera una pandemia que nos enclaustrase a todos. Aún recuerdo las llamadas de la matrona «No deberías de comer chocolate». No pude evitar contestarle entre risas «llevo mes y medio sin salir de casa, tengo las piernas hinchadas, no puedo pasear, estoy con mi hija de 2 años mientras mi marido trabaja, me encuentro fatal, vomito casi cada día, ¡no me digas que no puedo comer chocolate!».

Curioso cuánto cuidan, eso sí, los kilos que subimos. Si engordamos mucho o no. Por eso si nos podemos llevar broncas, aunque el hambre voraz nos ataque a cada hora. En esos casos no se aplica lo de «estás embarazada, es lo que tiene». Pero para todo el resto, hey, estás embarazada: es lo que conlleva.

Espero de verdad que algún día, no muy lejano y antes de que mis hijas sean mayores, de verdad la sociedad se de cuenta de lo que realmente conlleva.

Nosotras desde luego que lo sabemos.

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