Inversión en educación

Disciplina positiva - Jane Nelsen | Disciplina positiva, Consejos para  padres, Educacion positiva

Llevo bastante tiempo dándole vueltas a este tema, esculpiendo mi opinión. Me he dado cuenta de que no nos cuestionamos nuestra inversión académica, en general: invertimos muchos años y mucho dinero en colegios, universidades, másters, y los más afortunados, en MBAs. Nadie te cuestiona socialmente por qué has invertido 25.000€, o incluso 100.000€ en un MBA, si acaso surge la envidia. «Ojalá yo también pudiera. Te abre muchas puertas.«

Invertimos, sin cuestionarnos nada, en aprender a gestionar y llevar al éxito las empresas de otros. Hablo para el gran porcentaje de trabajadores por cuenta ajena, aunque es aplicable a autónomos y empresarios. En los últimos años hemos evolucionado a una hiper-formación académica, si eso acaso existe. La barra cada vez está más alta.

Sin embargo, cuando se trata de algo intrínsecamente mucho más importante, educar a seres humanos nuevos, que son nuestra responsibilidad 100%, nos choca invertir en formación. Como si naciéramos ya sabiendo ser padres.

Me he hecho algún que otro taller sobre educación positiva, online y presencial. Este fin de semana tengo un curso de Certifcación en Disciplina Positiva. Algunos de los comentarios que he recibido son: «¿Pero qué curso te vas a hacer? si se han tenido hijos toda la vida, eso no hace falta estudiarlo«, «Confía en tu instinto de madre/padre, eso no se aprende«, «Esos cursos son solo para hacerte sentir mal«.

Este curso de certificación tiene un precio de 400€. Yo misma me enfrenté a mi propia reacción de «jolin, ¡qué caro!«. Inmediatamente rectifiqué «Creo que es de las mejores inversiones que puedo hacer en mi vida.» Y lo creo de verdad. Invertir en herramientas, en desaprender patrones y aprender a ser mejor madre para mis hijas, en cómo ayudarles a que sean personas con autoestima, felices, fuertes, es para mí incuestionable. Y si además lo ponemos en perspectiva, ¿qué son 400€ frente a la cantidad de dinero insultante que mis padres y yo hemos invertido en mi educación académica? (¡sobre todo mis benditos padres!)

Desde que fui madre me interesé por las diferentes formas de educación, quise informarme sobre mis opciones. Nuestros padres y las generaciones anteriores lo hicieron lo mejor que supieron y pudieron (¡gracias, padres! os quiero), y esto no se trata de reprimendas, si no de querer mejorar. También hace bastantes años las salidas profesionales se basaban fundamentalmente en agricultor o ganadero, y aquí estamos. Con mucha más diversidad de opciones. Me encontré pronto con la disciplina positiva, y aunque creo que es algo bastante «moderno» -aunque existe como tal desde los ’80- y en evolución constante, me cautivó. La disciplina positiva no trata de decir a todo que sí a nuestros hijos, tampoco se trata de vivir en el mundo de Mr. Wonderful. Para mí, la base de la educación positiva y lo que realmente la hace indiscutible se resume en estos dos conceptos:

1) Tratar a los niños con el mismo nivel de respeto al que tratarías a cualquier adulto.

2) Pero con 10 veces más de paciencia (porque son personitas aprendiendo a ser adultos, aún no tienen todas las herramientas ni saben hacerlo – aquí es donde necesitan nuestra ayuda-), y 100 veces más amor. Incondicional.

Para mí estos dos puntos son fundamentales. Parecen bastante obvios, ¿no? Tratar a tus hijos con respeto. La teoría parece clara. Pero la realidad es que no lo es: tenemos tan interiorizado que es normal gritar a los hijos, o pegarles un azote («una torta a tiempo quita mucha tontería»), que no nos sorprendemos al ver a otros padres hacerlo, o a nosotros mismos. Sin embargo si viéramos esas situaciones aplicadas a los adultos, ¿nos parecería normal un hombre gritando o pegando un azote a su mujer porque no ha hecho lo que le decía, en mitad de la calle? No. Este tipo de comparaciones nos hace darnos cuenta de lo mal que está nuestra escala de valores, y lo normalizado que tenemos tratar a los niños con muy poco respeto. Si tienes dudas sobre si es correcto cómo has tratado a tu hijo, imagínate la interacción con un adulto. Una amiga, un desconocido, tu jefa. ¿Reaccionarías igual con ellos? Si la respuesta es no, es que estamos cayendo en ese error. De pensar que los niños, porque son niños e indefensos, tienen que pagar nuestra falta de control emocional. Nuestro estrés. Que porque aún no sepan hacer las cosas como adultos, tenemos que castigarles por ello. Por ser lo que son, niños aprendiendo. Que porque son niños y retan nuestra paciencia, tenemos el derecho de hablarles mal o pegarles. Si ya es grave faltar al respeto a cualquier adulto, imaginaos el daño que puede hacerle a un niño, que aún es una personita en formación. Y que esa falta de respeto venga directamente de las personas que más quiere y admira en el mundo, sus padres.

Esto no va de fustigarse, ni de juzgar. Yo también pierdo los nervios, y he gritado a mis hijas. No aspiro a ser una madre perfecta, ni a ser una madre zen todo el rato. Quiero que Monete y Mariflor vean precisamente mis imperfecciones, para que entiendan que es normal tenerlas. También que aprendan las reacciones que suelen acarrear ciertos comportamientos, y que a veces me enfado como ellas lo hacen. Que todas las emociones son normales y necesarias. Que entiendan los límites, tan necesarios. Eso sí, siempre dentro de un entorno sano y respetuoso. Amable y firme a la vez. También soy consciente de que equivoco muchas veces, y me seguiré equivocando. El estrés del día a día, las prisas, los comportamientos aprendidos, ¡todo esto es muy, muy difícil de manejar!

Pero se trata de plantearnos cómo mejorar, en qué cosas. Intentarlo cada día. Se trata de reflexionar, y pensar que en lugar de echarle la bronca por hacer algo mal, quizá sea más eficiente calmarle y enseñarle a buscar una solución. Como escribía en un post anterior, ver el error como oportunidad. Para aprender, para hacer las cosas de otra manera, para el crecimiento personal. Para que al ser adulto, no sienta vergüenza y humillación si se equivoca, para que no se estanque y decida no intentarlo más, para que lo vea como algo normal y como oportunidad para superarse. En definitiva, ayudarle a ser la persona que queremos ser en la edad adulta, o que nos piden en el trabajo, o que querríamos ser en las relaciones sociales. Ayudarle a tener confianza en sí mismo, a quererse, a ser resolutivo, a no dejarse vencer por los obstáculos, a saber gestionar sus emociones. Se trata de creer que existe otra forma de educar, más humanizada, más empática. Y nada de esto es fácil. Pero quizá si invirtiéramos más en este tipo de aprendizajes, seríamos bastante más felices… y ayudaríamos a nuestros hijos a serlo. Al fin y al cabo es para lo que estamos aquí, ¿no?

Pues eso.

Os dejo los recursos que más me han convencido hasta ahora:

**Actualización: Escribo estas líneas tras haber pasado dos días en el curso de Certificación de Disciplina Positiva de Marisa Moya, y no puedo estar más feliz y agradecida de todo lo que he recibido. No solo de la educadora, una fuente admirable de conocimiento, generosidad, experiencia y humanidad. También de los compañeros, la atmósfera de grupo, la sensación de comunidad creada. Agradecida por la vivencia, con energías renovadas para poner todo de mi parte, y feliz de constatar que hay tanta gente priorizando la infancia (no solo asistieron madres o padres, también educadores, psicólog@s). Invirtiendo en educación. Qué necesario. Y qué bonito.

Y aquí, una pequeña guía de lo que persigue la Disciplina Positiva:

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