No llego a todo.

Baño de realidad: no, no llego a todo. Tampoco creo que sea un objetivo alcanzable, tipo «no llego a todo ahora, pero…«, por muchos libros de time management que llegen a best sellers. Llegar a todo es una quimera, una utopía y un motivo de frustración constante. Como dice Sheryl Sandberg en su libro «Lean in» (del que soy muy fan), en las horas que nuestras abuelas dedicaban al cuidado del hogar y los niños, nosotras pretendemos abarcar un trabajo de 8 horas – mínimo -, cocinar real food, sano y variado, tener la casa hecha un jaspe, las lavadoras hechas y tendidas, hacer ejercicio, cuidarnos la piel, si tenemos niños, pasar tiempo de calidad con ellos jugando, aplicar disciplina positiva, acordarnos de citas de doctores, bancos, colegios, y no se cuántas cosas más que seguro se me olvidan de la lista diaria. Y esto, amig@s, es el primer error. Cada tema por separado es estupendo, fantástico, maravilloso. El error está, como siempre, en creernos que podemos con todo. Siempre he dicho que soy de letras, pero solo hacen falta unos cálculos básicos para darse cuenta de que las horas del día, sencillamente, no dan. No se ajustan a la media del tiempo que necesitaríamos dedicarle a cada una de las tareas diarias que nos proponemos. Es imposible, y aun así, no dejamos de intentarlo. Y de sentirnos mal al final del día, porque, ¡oh, sorpresa! no hemos llegado a todo, y quedan tantas cosas por hacer.

Ayer fue un día de esos. Me propuse ir a la nueva oficina que recientemente habían inaugurado en mi trabajo, y aunque odio conducir y más por el centro de Madrid, me apetecía mucho ver aun par de ex-compañeros. Mi sentido de la orientación es prácticamente nulo, pero como viene siendo habitual, no tuve tiempo para ir una vez antes a la oficina y así familiarizarme con el camino. Ir hasta allí se me dio bien, a las 6,45am de la mañana. El problema fue al llegar, cuando tardé 45 minutos en encontrar el maldito parking. Me metí en uno que no era, tuve que parar dos veces a mirar las indicaciones en el móvil y a punto estuve de darme la vuelta y volver a casa. Con el estrés en vena, conseguí encontrar el parking. Aparqué, y recibí llamada de mi marido: «¿dónde están las mochilas de las niñas? ¿las subiste ayer de tu coche?» Cerré los ojos. Los volví a abrir, miré hacia los asientos de atrás, con miedo. Ahí estaban. «Pues parece ser que no las subí. ¿tú?» me atreví a contestar.

Al subir a recepción y recoger mi tarjeta, me di cuenta de que no tenía DNI. Ni tarjetas, ni nada. Me había olvidado la cartera. Nivel de estrés en ebullición. El hombre de seguridad se apiadó de mí y me dejó pasar, aunque mi outfit fuera más bien de quinceañera despistada que alta ejecutiva entrando en la torre Cepsa. Cuando subí a la planta 22 y pasé mi tarjeta, no funcionaba. Estrés nivel Dios. Finalmente pude buscar ayuda, y me acompañaron a mi planta, la 20. Había infravalorado mi miedo a las alturas hasta que me vi allí, en medio de unas oficinas espectaculares… con paredes de cristal en una planta 20 del centro de Madrid. A un paso del abismo. Llamadme exagerada, los que tengáis miedo a las alturas quizá me comprendáis. Os habla una persona que sufrió un ataque de pánico en un avión y acabó en la cabina de los pilotos, que me calmaban tomándose un café conmigo mientras los lagrimones me rodaban por las mejillas. Eso lo contaré en otra ocasión.

Allí estaba yo, sola, en medio de la torre del abismo. Escogí una mesa apartada de la muerte segura y conecté mi portátil. Nada, los monitores no funcionaban bien. Probé otra mesa. Y otra. Y otra. Al final decidí contactar al servicio de IT desde mi portátil. Estrés nivel planta 20, que lo ubico algo mas arriba que Dios. En el entretiempo fueron llegando compañeros de equipo que había visto solo un par de veces, y fueron sentándose en otro espacio de la planta. Estuve 20 minutos hablando con IT, y nada. Me levanté y me fui donde estaba uno de mis compañeros (por supuesto el becario, que es más de mi edad y lo siento, pero siempre suelen ser los más agradables) para preguntarle. Mi compi becario tardó 30 segundos en resolverme el problema, porque ya le había ocurrido a él.

Pasé un día de cafés, meetings, más calls, comida con ex compis (este fue el verdadero highlight del día), más calls de las que no me enteraba de nada. Porque para más inri, soy nueva en el equipo. No tuve tiempo ni de llamar a mi marido para ver qué tal habían entrado mis hijas al cole. Malamadre. A las 4 en punto me despedí de mi última call y bajé corriendo al parking, mareada del ajetreo de la oficina y tantas horas sobre el abismo intentando mantener el equilibrio. Físico y mental.

Bajé al parking aliviada. Por fin me iba a recoger a mis hijas, aunque llegara tarde. Cuando fui a arrancar, mi coche decidió que no era el momento. Estuve 10 minutos intentando arrancarlo, con el móvil en la mano a punto de llamar al 112. Pude por fin arrancarlo y salir de allí, pero mi móvil no tenía batería y sin indicaciones no tenía ni idea de donde estaba ni cómo volver. Dios, desde su piso 19, me lanzó una ayudita y por obra y gracia conseguí llegar a la guardería. Recogí a mi hija pequeña, la metí en el coche a duras penas por el dolor de espalda y me acordé de que no había pedido cita en el fisio, otra vez. Ni había descongelado la cena. Y la casa estaría hecha un desastre. Y el pepitogrillo recuerda-tareas-sin-tachar, empezó a hacerme la lista de todo a lo que no había llegado ayer, ni llegaría nunca.

Nudito en la garganta, estrés estratosférico y lagrimitas escapistas por el rabillo del ojo. Durante la tarde, estuve recibiendo mensajes por el chat de empresa, que me instaban a responder correos.

No, no llego a todo. A veces llego a más, otros días menos. Quiero ser la mejor madre, pero también crecer profesionalmente, y lo doy todo en ambas esferas. Quiero tener una casa estupenda y ofrecerle lo mejor a mi familia. Ojalá llegar a todo, pero no. Cuando tuve a mis dos hijas en casa, con sus gritos, sus lloros, sus caras de felicidad, sus abrazos, sus bracitos carnosos y su piel extrasuave, respiré. No es fácil, pero es bonito. Y hay cosas que tendrán que esperar, otras tendré que dejarlas ir y otras aprender a vivir con ellas. Lo fundamental es no perder el foco, ni las ganas. Y quitarnos esa idea de perfección dañina de la cabeza: lo importante no es llegar a todo, si no llegar a lo importante.

Monete y Mariflor, dormidas

Y el resto… el resto puede esperar. Disfrutemos más, corramos menos.

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