Solo los niños miran al cielo

Iba en autobús, un día cualquiera de la semana pasada. O quizás dos. Intencionalmente dejé el móvil en el bolsillo, y me fijé en los edificios. Hacía tiempo que no admiraba los detalles de piedra tan particulares. Mi hija estaba absorta mirando por la ventana, aunque de vez en cuando salía de su ensimismamiento para hacerme algún comentario lleno de sorpresa ante cualquier elemento del paisaje. Letreros, pájaros. Envidié su curiosidad sin viciar por las nuevas tecnologías. Tan humana, tan espontánea, tan pura.

Hoy día nadie levanta la vista demasiado. Al menos, no hasta un poco más arriba de nuestras narices. «¡Mira mamá, un pantalón en el árbol!«. Al girar la cabeza hacia arriba, mi cuello hizo «crack». No está acostumbrado a hacer ese movimiento, porque ya solo miro al ordenador, al móvil, al suelo para recoger los juguetes, a las estanterías del supermercado que quedan por debajo de la línea de mis ojos. Mi cuello me duele cada día porque se pasa el tiempo sosteniendo mi cabeza hacia abajo. «¿Quién habrá colado unos pantalones en la copa de un árbol?» me pregunté. Aunque lo que en realidad me quería preguntar es «¿Cómo alguien puede levantar la vista tanto para darse cuenta? ¿Alguien lo hará?«. Bueno, mi hija lo hizo. Y seguro que como ella, tantos otros niños que siguen observando el mundo con curiosidad y sin anteojeras.

«Mamá, ¿por qué los pájaros vuelan siempre en forma de flecha?» Me preguntó mi hija. Observé el cielo, la bandada de pájaros negros lo surcaba en un vuelo acompasado. «Lo estudié en su día, pero no lo recuerdo. No tengo la menor idea» le contesté. Como la mayor parte de las cosas que estudié en su día, han desaparecido de mi memoria. No me atreví a decirle que tampoco me lo he preguntado en los últimos años, porque nunca levanto la vista al cielo.

Porque hoy día, mirar al cielo es un símbolo de rebeldía. Detenerse a buscar formas en las nubes, sin que te importe las notificaciones del móvil, ni el whatsapp sin contestar, ni los correos, ni la compra, ni… sencillamente concentrarte en el cielo, y en las nubes, es un acto revulsivo en sí mismo. Observar nuestro entorno. Las terminaciones de los edificios antiguos, apoteósicas. Décadas atrás la gente se esmeraba en hacer edificios altos, grandilocuentes. Porque la gente sí se paraba a observar, a contemplar. Y levantaba la vista más allá de su smartphone.

Ojalá recuperar nuestra esencia.

Ojalá no permitamos que los niños de ahora dejen de mirar al cielo.

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