El 14 de marzo hará 8 años que fui madre por primera vez.
No fui al hospital con dolor, pero sí con mucho miedo. Me desperté de madrugada sangrando. Al llegar le tomaron las constantes a mi bebé, me dijeron que estaban muy bajitas, pero que iban a esperar poniéndome glucosa. Yo pedía que sacasen a mi bebé.
Tras un par de horas despertaron a la ginecóloga de guardia, quién me metió la mano hasta el esófago sin miramiento y cuando grité de dolor, ella me gritó de vuelta diciéndome que me callara, que estaba decidiendo si hacer una cesárea de emergencia o no. Me puse a llorar, mientras las enfermeras me consolaban y me decían que no la hiciera caso, que era así.
Después todo fue muy rápido. Me pasaron al quirófano, mi madre pudo entrar también porque trabajaba allí. Yo tenía mucho miedo, pero el anestesista me agarró la cabeza y me dijo que me iba a contar lo que iba a ir pasando, que todo estaba bien. Me avisaba que me iba a sentir un poco mareada, como si no pudiera respirar, pero que me iba a poner un papel bajo la nariz para que viera que se movía, y que en realidad sí que respiraba, aunque sintiera que no. Me contaba que ahora iba a sentir una presión, que aguantara porque iba a salir mi bebé.
No sentí la oleada de amor cuando me la pusieron encima al nacer, porque al final sí fue cesárea de emergencia y solo pude olerla un poco antes de que se la llevase mi madre en brazos. Tuve mucha suerte y solo puedo estar agradecida porque mi bebé nació sano y salvo, con 4,6 kilitos y varias lorzas en los brazos. «Es una bolita de queso«, eso es lo que oí decir a uno de los médicos. Lea nació llorando de hambre.
Recuerdo sentir felicidad y alivio al escucharla llorar, viva, preciosa y casi criada. Luego estuve un rato más allí mientras me sacaban la placenta a trocitos y me cosían. Recuerdo estar muy contenta y despierta a pesar de ser las 5 de la mañana, con ganas de ver a mi bebé. Pasé 5 horas en una sala de post-operatorio, donde de vez en cuando venía mi madre y cuando no estaba, veía las fotos que me enviaba mi marido de Lea en el móvil. Avisaba a mi círculo de que Lea había nacido, aun sin poder abrazarla. Mientras, el enfermero vigilante me echaba la bronca por estar en el móvil, y decía que mi madre no tenía por que estar allí. Me llevaron a la habitación con Lea a las 5 horas, y cuando la cogí sentí como si me hubieran puesto la pieza que me faltaba. Había pasado tanto tiempo con ella en la tripa, que al salir se me había quedado un vacío. Sostenerla en mis brazos se sintió una sensación conocida, nuestras respiraciones se acompasaban. A la vez, miraba a aquella personita rolliza dormida en mis brazos preguntándome cómo sería. «Ahora nos tenemos que conocer, Lea«.
Me había leído mil libros de embarazo y parto, pero me aterrorizaba no hacerlo bien. Los primeros dos días no me atreví a cambiarle el pañal, se lo pedía a mi marido. Bañarla también me parecía algo complicadísimo. Poco a poco me fui atreviendo a cuidar de ese bebé nuevo que había salido mágicamente de mí.
Recuerdo llegar a casa tras 4 días en el hospital. Tuvimos que vestir a Lea con ropa de un mes, porque la ropa de recién nacida que teníamos preparada no le cabía. Le pusimos un pijamita de tambor con círculos dorados y un gorro blanco, y le posamos dormida en el maxicosi. Con ella salimos del hospital, dormida, y dormida llegó a nuestra casa de alquiler un domingo bien entrada la tarde.
Recuerdo emocionarme con el jamón y la caja que habían preparado mis padres.
Recuerdo estar pletórica por estar los 3 en casa, por fin. Daniele había pedido sushi, como un gesto bonito hacia mí tras 9 meses sin probarlo. Me senté a cenar y mis ojos empezaron a llenarse de lágrimas. Me invadió una tristeza que no sé describir, unas ganas de llorar tan grandes que solo quería acurrucarme junto a mi bebé y dormir.
Los lloros continuaron varios días y semanas. Recuerdo pensar que no sabía que se lloraba tanto en un postparto. Recuerdo decirle a Daniele que no sabía exactamente por qué lloraba, pero que necesitaba llorar mucho.
También recuerdo pasar horas con Lea en la cama, solo con ella en brazos, observándola mientras me derretía. Los paseos diarios, agarrando bien el cochecito por si se me escapaba. El sentimiento de felicidad extrema, a la vez, felicidad indescriptible de tener a Lea en nuestras vidas.
Va a hacer 8 años que fui madre por primera vez. Lea es hoy día la niña más dulce del universo. Razona y planifica mejor que yo, lee sin parar y suplica más tiempo para leer por las noches, es divertida y risueña. Ella no lo sabe, pero cuando ella nació, una nueva yo nació también. Cuando Lea nació, también nació mi versión mamá, y esa es mi versión favorita de todas.
Desde que supe que estaba en mi tripa, dejé de fumar. Hace ya 9 años. Empecé a formarme e intentar aprender otras formas de educar, alejadas de los azotes. Empecé a preocuparme por convertirme en el ejemplo que quiero darles. En tomar buenas decisiones. Desde que soy mamá, me esfuerzo por convertirme en la persona que quiero que les sirva de ejemplo. Hace casi año y medio que apenas pruebo el alcohol. Hago más deporte desde que tengo a mis chicas que antes de tenerlas. La paciencia ha disminuido, sí, pero intento trabajarla. Me equivoco mucho, pero intento seguir aprendiendo. Intento, cada día, ser un poco mejor. Por ellas. Porque quiero que tengan una madre que les dure mucho y les sirva de ayuda mucho tiempo. Porque desde que nacieron, mi vida adquirió más valor. Porque como siempre digo, son ellas las que me han dado la vida y no al revés.
Va a hacer 8 años desde que fui madre por primera vez. Y, junto con ser madre por segunda vez, es lo mejor que me ha pasado en la vida.


Deja un comentario