La economía del tiempo que no existe.
La ilusión del reloj de arena, en el que cada granito está demasiado ocupado en bajar como para darse cuenta de que el tiempo se agota. La vida es eso que pasa mientras ganamos dinero y perdemos tiempo. Aunque el dinero tampoco sea mucho, y aunque a veces cueste darse cuenta de que las cuentas no nos salen. De que lo que nunca podremos recuperar es el tiempo perdido. Y de que a partir de cierto momento, no compensa el intercambio.
Vivimos con desasosiego por llegar a fin de mes, por los horarios, por las prisas y la culpa de no llegar a todo: en el trabajo, en casa, donde sea. Las expectativas son cada vez más altas, y la vara de medir parecen ostentarla las redes sociales.
Las comparaciones son odiosas, decían, cuando aún había refranes. Cuando la tradición oral importaba algo, cuando no vivíamos en la inmediatez y las modas fugaces, cuando la sabiduría aún no se consumía en reels.
Escucho de fondo “El equilibrio es imposible”, de Los Piratas, y romantizo mi juventud en la que no existía chat gpt para sacarte de cualquier embrollo, y pensábamos por nosotros mismos. Y las canciones salían de la necesidad de expresión. Y había alma. Y cada letra te atravesaba por dentro de una forma que no lograbas comprender. Sanadora, catártica.
Un tiempo en el que el tiempo pasaba más despacio, o quizás eso me parece ahora. Donde pasábamos los ratos muertos apoyadas en los radiadores de los pasillos de la Complutense, compartiendo estupideces mientras soplábamos un cortado en vaso de plástico. Un tiempo en el que no existía el scroll, y la gente aún intercambiaba miradas en el transporte público.
Un tiempo en el que la presión estética existía, pero nadie de mi entorno había oído hablar de botox o ácido hialurónico. Un tiempo en el que había muchas cosas mal, pero también muchas cosas bien.
Hoy el tiempo pasa más deprisa. La rueda ha aumentado revoluciones y a veces me siento con el agua al cuello, sin tiempo ni energía de soltar estupideces frente a un café en vaso de plástico.
Y es entonces cuando pienso que la vida va de otra cosa, o debería. Va de disfrutar de mis hijas, de mi casa, de mi familia. De trabajar sin que me ahogue la incertidumbre y la presión por demostrar. De hacer deporte y cocinar por cuidarnos, no por cumplir expectativas ajenas. Va del tiempo que dejamos transcurrir entre tareas que consideramos más productivas o útiles. Va del tiempo no disfrutado.


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