Valorar el silencio

Estos días leía un artículo de El País semanal sobre una decoradora musical, Soledad Rodríguez. «Qué profesión tan cool» pensé. El sueño de todo adolescente. Elegir bandas sonoras de lugares, ambientes, experiencias, marcas. Rodearte de música y que sea tu día a día. Pero luego leí algo de lo que la propia Soledad confesaba, que desde que tuvo a sus hijos valoraba el silencio. Ya no escuchaba tanta música como antes. Y me vi inmediatamente reflejada.

Hasta los 30 años, solía decir que tenía una mente musical. Música para evadirme, música para anestesiarme, música para recordar y también para celebrar. Música para callejear en todos mis viajes, música en mis cientos de viajes en metro, música en casa y en el trabajo. Cuando nació Lea, hace 7 años, solo recuerdo canciones de cuna lentas, bajitas, con piano. Música leve y silencio. Mucho silencio. Porque ya por dentro tenía tanto que manejar. Tantas emociones, tanto ruido, una nueva personita y toda mi atención a cada pequeño movimiento o gemido. Mi cuerpo y mi mente solo pedían calma. Y eso se traducía en silencio, y en decir adiós a las prisas. A quedarme horas con Lea en brazos en el sofá o en la cama, solo observando cómo dormía. A escuchar nuestra respiración acompasada.

Mi tiempo para escuchar música y descubrir nuevos grupos quedó reducido a la mínima expresión. Tampoco lo eché de menos. Solo me acordaba de vez en cuando, advertía mi cambio, al igual que lo advertía en tantas otras facetas de mi vida. En mis estrías del ombligo, en la forma de mi tripa. Habían cambiado muchas cosas.

Poco a poco, la música volvió. Más paulatinamente, a ratos. Volviendo a revisar a mis grupos de siempre, comenzando a entender por qué mi madre seguía anclada en Perales o mi padre en Supertramp. Love of lesbian, Quique González, Allo Darlin, She and Him. No me sonaba ni un solo grupo de los carteles de los festivales. Y me daba igual. A los dos años nació mi hija Maya, y aunque silencio había poco en casa (¡Lea tenía 2 añitos y le encantaba hablar a todas horas!), seguí en modo marea baja. Carlos Sadness fue mi banda sonora de embarazo en pandemia, junto con los cantajuegos. A ratitos. El nacimiento de Maya fue complicado. Del hospital solo recuerdo silencio, mucho silencio, y pitidos. Una vez en casa necesité también esa calma.

Desde que soy madre valoro el silencio. Lo busco. Lo necesito. La música sigue formando parte de mi vida, pero de otra forma. La uso para animarme cuando me arreglo. O cuando no me apetece nada hacer cosas de la casa, pero tengo que hacerlas. Me planto mis cascos y siento que da igual lo monótona y aburrida que sea la actividad que me toca. Se me pasa volando. O cada vez que salgo a la calle sola. Sigo yendo a conciertos y los disfruto. Las canciones me siguen llevando a momentos, pasados o futuros, olores, lugares, personas.

Pero a lo que voy, que entiendo a Soledad. Cuando eres joven, la música genera sentimientos de pertenencia, validación y actúa como catalizador de todos esos sentimientos que son tan difíciles de manejar uno solo. La música es el contexto perfecto para cualquier cosa que te ocurra en la vida. Pero ahora, después de la maternidad y al menos desde mi perspectiva… mi banda sonora ha cambiado. Ya no busco silencios que rellenar. Más bien, el silencio se ha convertido en esa bocanada de aire fresco que a veces me falta. Y me ayuda a reponerme.

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