Los de segundo

Los de segundo. Los de tercero, cuarto, los de primero y segundo otra vez. Los de siempre.

Les conocí en el colegio, iban a un curso más. Mis amigas y yo estábamos locas por quedar con ellos algún viernes e ir a los recreativos de Manuel Becerra, o al Burguer. Porque nos hicieran un poco de caso.

Fantaseábamos con sus personalidades, y nos parecía el grupo de chicos más cool del colegio.

Ellos, ajenos a todo y mucho más, a nosotras, eran bastante normales. Con sus vaqueros, sus Puma, sus bocatas en papel de plata. Pasaban los recreos jugando al fútbol y haciendo caso a poco más.

Los astros se alinearon y, quién sabe cómo y por qué, empezaron a interesarse por nosotras. Comenzamos a quedar los fines de semana, siguiendo la mágica rutina de recreativos-burguer-parque de Miguel. Seguían jugado al Marco Polo.

Allí empecé a conocer de verdad cómo eran aquella panda de adolescentes. Cada uno era más diferente que el anterior: en forma de ser, de pensar, de vestir, de gustos musicales. Eran tan, tan diferentes. También muy diferentes a mí. Y a la vez, se lo pasaban tan bien juntos. Estar con ellos significaba reírse, siempre. Entrar en conversaciones acaloradas sobre ciertos temas entre los que se entremezclaban las pullas, el humor, la dialéctica bien jugada de quién conoce el punto débil del adversario, que nunca es tal. Eran amigos a pesar de todas sus millones de diferencias, y probablemente gracias a ellas.

Pasaron muchas cosas desde el cole. De mi grupo de amigas no quedó nadie, pero yo seguí compartiendo fines de semana con ellos. Pasé a ser una de las novias en el grupo. Yo seguía saliendo con ellos no porque fuera novia de uno de ellos, sino porque eran mi grupo favorito del mundo. Eran casa. A pesar de que yo no formaba parte, ni formo, de su grupo original, de la vieja guardia. A pesar de ser un anexo tardío en el tiempo, circunstancial. Les acompañaba en los findes de rampas, en Alonso Martínez bailando Shakira o berreando Mago de Oz. No estaba siempre, pero sí muchas veces. Seguía debatiendo con ellos, escuchando sus burradas, riéndome con sus dardos envenenados de unos a otros. Se convirtieron en mis porteras favoritas, como les apodé cariñosamente.

Fuimos a la universidad, y siguieron pasando, como es normal, muchas cosas. Dejé de ser novia de, pero continué compartiendo bajos de Hermosilla, tardes en el museo del jamón arreglando el mundo, noches de postureo en Tribunal.

Fueron años difíciles para mí, pero de una forma o de otra, ellos siempre estuvieron. Después de la universidad también.

Recuerdo pensar en si seguiríamos quedando a los 40 años. En cómo seríamos. Me costaba imaginar mi vida sin ellos.

Hoy día, a un año de cumplir 40, les veo mucho menos de lo que me gustaría. Pero siempre que me avisan, voy. Aunque sea un rato, siempre es un SÍ. Con mayúsculas.

Porque cuando estoy entre ellos, me divierto. Siguen siendo casa. Me siento arropada, a gusto. Porque cuando vuelvo a casa, me siento más ligera que antes. Como si le hubiera quitado peso a la vida a base de carcajadas. Que eso, a día hoy, es oro. Y siempre, siempre, vuelvo con una sonrisa.

Siguen siendo aún más diferentes que antes, pero continúan sin tomarse demasiado en serio. Sus dinámicas no han cambiado, aunque sus vidas sí. Ahora tienen hijos, trabajos serios y mujeres que me caen igual o mejor que ellos. Cuando observo y analizo en lo que se ha convertido cada uno, me invade una sensación de orgullo. Porque aunque todo pasa, ellos no. Y no sé si lo sabrán, pero para mí siguen siendo el grupo más cool a este lado del océano (y por supuesto, mis porteras favoritas. Eso siempre.)

Deja un comentario