Acabo de releer mis notas del evento que asistí ayer. No las reproduzco, no es necesario. O quizás sí. Quizás más adelante. Vértigo en el estómago en la bajada. Y de repente vuelta a subir. Como bien decía ayer, a veces me siento tan abajo que no sé cómo voy a subir. Pero la vida me atropella y me arrastra de nuevo, como una rueda, cuesta arriba. Upper funnel, lower funnel. A veces me descubro inmersa en palabras vacías, con significados inventados intentando buscar audiencia. Y mientras, tantos pensamientos sin escuchar. Tantas emociones calladas. Tantos pozos de necesidades básicas, que nos ahogan el día. Me siento desconectada. Como si yo no perteneciera. Ni a mí misma, ni aquí, ni ahora. Como si por dentro me estuviera gritando que no, que por aquí no. Pero luego. La inercia de los días.
Es difícil sentir que perteneces. Es complicado saber si lo estás haciendo bien. Sobre todo cuando no tienes ni idea de cómo hacerlo, aunque te empeñes demasiado en aprenderlo todo. Absorbes información como si fuera droga, nunca es suficiente. Nunca vas a saberlo todo. Nunca vas a saber cómo encajar. Cómo hacer. A veces miras afuera, y proyectas. Buscas en lo material la satisfacción efímera de quién se sabe perdido. Deberías buscar dentro, te dices. Pero no tengo tiempo. Los baños, las cenas, el trabajo. Piensas demasiado y otras veces no tienes tiempo de pensar. A veces no sé si el mundo está al revés, o soy yo quien está cabeza abajo (gracias, Fito). Me gustaría escribir los versos más alegres este día. Escribir, por ejemplo, «La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos».
Ahora solo pienso en leer poesía. Quizás así pueda hacer purga emocional, como se purgan los radiadores. Quizás encuentre alivio en las palabras de otros. En las soledades de otros.
A veces.


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