If you can be anything, be kind

A medida que voy cumpliendo años, me doy cuenta de muchas trampas sociales. O lo que para mí lo son. Y tengo más claro por dónde sí, y por dónde no.

Ya he contado muchas veces que, de joven (ay dios bendito, ¡que ya uso esta expresión!), creía que mi realización profesional y el trabajo era el epicentro de mi vida futura, la base que definiría mi felicidad. Con el tiempo me di cuenta de que lo más importante son las personas de las que que te rodeas. Y aunque he continuado a lo largo de todos estos años intentando encontrar, por fin, un trabajo que realmente disfrute y sigo teniendo aspiraciones profesionales, también sigo pensando (aún más) que ni tu trabajo te define, ni es la base de tu felicidad o realización personal. A pesar de que, desafortunadamente, le dediquemos el 80% de nuestro día a día.

Igual que tengo mucho más claro ésto, tengo también mucho más claro qué tipo de profesional quiero ser, y soy intencional en cada una de mis interacciones. O al menos intento serlo. Tengo claro que no voy a gustar a todo el mundo, ni puedes encajar con todos. Pero mi máxima es una: intentar, en cada interacción, ser amable. Eso no quita que no diga lo que pienso, y sea franca si estoy en desacuerdo. Sigo teniendo opiniones claras. Pero creo que es importante tener relaciones humanas de calidad, que todo esto es más importante que lo demás. Ya lo dicen por ahí: En el trabajo la gente no recordará tus logros, recordará cómo les hiciste sentir.

Por descontado, me he equivocado muchas veces en mi carrera y en mi vida, y en ocasiones no he seguido mi máxima de hacer sentir bien. Me he dejado llevar por mi enfado o frustración. De mis errores he aprendido, y sigo en ello. Y a pesar de que me haya equivocado y posiblemente me seguiré equivocando a veces, cada mañana me propongo como objetivo ser intencional en cada interacción. Seguir entrenando día a día el ser amable.

Estando en Amazon me encontré muchísima presión por tener actitud intimidante, había muchísima competitividad y perfiles muy agresivos que eran premiados con promociones. Era lo que se reconocía. Había otra mucha gente más maja que las pesetas, y que tenía mano izquierda para hacer valer sus opiniones sin necesidad de hacer sentir mal al otro. Pero la realidad que me encontré es que la cultura empresarial parecía premiar al primer grupo de gente, esas ametralladoras humanas que eran intelectualmente superdotadas, pero que adolecían de una falta de humanidad, empatía y demasiado ego en el trato. Durante un tiempo pensé que tenía que cambiar para ajustarme al molde esperado si quería progresar. Pero pronto desistí: esa no es la persona que quería ser. Tampoco es que se me diera muy bien que digamos, pero esa no fue la razón. Prefería la penalización profesional de no ser considerada tan competente como ese grupo, a ser parte de él.

Igual que siempre he sido pésima en temas de darme visibilidad y ser estratégica en mis relaciones profesionales, lo que se conoce como politiqueo de oficina. Ay, es que no. Reconozco que es importante, sin embargo no se alinea con mis valores o lo que quiero representar como persona. Y que conste que cada acción que tomamos es una decisión consciente, o debe serlo: no eres amable porque sí, decides serlo. No se eres buena persona, decides intentar serlo día a día. Acción a acción. Y yo estoy cómoda resaltando los logros a mi jefe o jefa cuando hablamos de mi performance, pero no mandando un email de autopromo a toda la organización. No sé, va en personalidades. Tampoco me gustan los eventos de networking. Se me dan mal. No me gusta la imposición de relacionarse con el objetivo de hacer contactos y que ello te beneficie profesionalmente. Me gusta relacionarme, pero sin imposiciones y con el único objetivo de conocer a otras personas y pasar un buen rato. Para hacer comunidad, tener sentido de pertenencia, estrechar lazos, conocer gente, reírme, desconectar. Nada más. Cuando es impuesto, ya… huyo. En este tipo de eventos suele haber también ambiente de peloteo máximo, ajustando las interacciones a según quien hables y por supuesto, mucha gente fichando dónde están los peces gordos o quienes les interesa sacar algo de, para acercarse casualmente y desplegar su cola de pavo real. Ay, no.

Además, soy de ese tipo de personas que me veo más cerca del becario que del CEO, aunque lleve 14 años de profesión. Igual tiene que ver con el síndrome de Peter Pan y que para mí sigo siendo LadyMadriz, eterna adolescente y sorprendentemente a cargo de dos personitas enanas. O del síndrome del impostor, en el que por mucho que confíe en mis capacidades, nunca me veo «al nivel de los de arriba». Como cuando eres pequeño y te da vergüenza hablar con adultos, porque hmmppppfff. Son seres superiores. El caso es que yo suelo empatizar más con la gente de mitad para abajo de la pirámide, aplíquese tanto a lo profesional como a lo social. Me siento menos fuera de mi entorno.

Pero a lo que iba: hoy día valoro la gente que tiene ética profesional, que cuando se compromete a algo, lo hace. Valoro a la gente que colabora, que ayuda sin retorno a cambio. Valoro por supuesto a la gente con initiativa, ideas geniales y personalidad. A la gente con argumentos de peso y excelente comunicación. Pero por encima de todo eso, mucho más importante que todo eso, valoro a la gente que es amable. Ya está. Solo pido eso, que seamos amables. Que además, trabajando en remoto aún más, nadie sabe lo que está pasando en la vida del otro. Cómo está yendo su día. Cómo se siente. Qué problemas tiene fuera. Cómo mínimo, intentemos que nuestras interacciones sean fáciles y llevaderas, que ayuden a los demás a llevar mejor el día.

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