A veces me siento un poco lerda. Tengo opiniones claras (aunque en constante evolución) y en confianza no tengo problema en ir contracorriente, sin embargo cuando estoy con gente suelo ser bastante complaciente. Incluso en exceso. Hasta el punto de sonreír y decir «claro, normal» aunque por dentro esté deseando decirle que no, que no es nada normal y que no debería decir esas cosas. O hasta el punto de sentirme mal como anfitriona porque se me ha olvidado sacar el queso que compré, o por no haber ofrecido esto o aquello, o disculpándome con la gente si algo no está en su sitio. Como si no tuviera el derecho de tener mi casa como me de la real gana (y como Monete y Mariflor me dejen :D) sin tener que disculparme o justificarme por ello.
No sé si es necesidad de aprobación, o de encajar sencillamente, baja autoestima, cobardía, o qué narices. Pero esto me lleva a no abrir la boca a veces mientras estoy deseando hablar, a dejar pasar comentarios y burradas, o a disculparme cada dos por tres sin motivos. Cuando estoy sola y reflexiono sobre lo que ha pasado, me echo la bronca mentalmente y me prometo cambiar. Tienes que dejar de preocuparte por agradar a todo el mundo todo el rato, o de estar tan pendiente del resto. No es necesario. Al resto del mundo le da igual disentir, expresar o pasar olimicamente si es necesario, sin el más mínimo ápice de remordimiento. Unapologetically. Y no es que lo hagan mal, es que es como se tiene que hacer. Si no, corres el riesgo de que te coma la ansiedad y las eternas dudas de si lo estás haciendo bien constantemente. Y sí, lo estás haciendo bien. Y si los demás no lo piensan es su problema, no el tuyo. Lo estás haciendo lo mejor que sabes y puedes.
Y no está de más hablar más francamente de vez en cuando. No estar de acuerdo o decir educadamente que mira, que no. Que así no.



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