Hola, año nuevo. Este año no he pedido deseos, solo uno: salud. Tengo absolutamente todo lo que me hace feliz, solo deseo seguir así por muchos años más. Y sobre todo, mucha salud para mi familia y para mí.
Estas navidades han sido muy bonitas. Hemos estado una semana en Roma, hacía unos 6 años o más que no íbamos allí en Navidades. Ha sido la primera vez para Monete y Mariflor allí, y ha sido especial. Han disfrutado muchísimo del tiempo con i nonni, sus abuelos italianos, han jugado a todas horas con el zio Alessandro, han subido y bajado ochocientas veces por las escaleras de la casa. Hemos visitado de nuevo el Parco degli Acquedotti donde Daniele jugaba de pequeño, hemos ido también a un parque temático navideño y hemos recorrido las calles del centro de Roma con sus luces preciosas. Monete y Mariflor han visto un rato de títeres en Piazza Navona, pero no han durado mucho porque el protagonista, Pulcinella, hablaba un napolitano cerrado que no había quien le entendiera. Después de ese ratito nos hemos tomado un Aperol Spritz en la terraza de Tre Scalini mientras peques disfrutaban de un helado de chocolate del bueno. ¡Hasta nos ha dado tiempo, uno de los días, a hacer una escapada de novios! Sí, vale, duró apenas 4-5 horas, pero un brunch de pareja con sus huevos benedict y un té matcha es un plan inigualable.
Ha sido una desconexión total. A la vuelta, la fiesta de las comidas familiares ha continuado con Nochevieja y Año Nuevo en casa de mis padres. Mis chicas han comido las uvas (bien partiditas) y han aguantado hasta casi las 2… qué mayores se hacen. Hace un par de años estaba yo en la época de ay, mi último bebé. Y sin embargo ahora estoy en la fase de qué gusto hacer cosas con mis chicas, cómo disfruto de verlas crecer y de las nuevas primeras veces.
Escribo para despertar. Para recordar. Tengo desgastados los engranajes y cada vez procastino más. Escribir me sigue gustando, pero me cuesta. Antes escribía para entender (me). Para desenredar mis ideas y aclarar mi mente. Para reflexionar, también. Para desahogarme. Para crear, para dejarme fluir. Ahora todo eso da miedo, y no es práctico. Reflexiono en ratitos aleatorios de la cotidianidad. En la ducha, al abrir la puerta, en el camino a pilates. Llego a conclusiones que pronto se me olvidan. Habro hilos en mi cabeza que nunca termino. Escribo post-it mentales para futuras entradas, futuros words, futuro… palabras que se evaporan antes de haber nacido. Siempre he tenido épocas, unas más ostracistas que otras. Tiempo en el que me apetecía compartirlo todo, y tiempo en el que ni siquiera quería poner en alto mis pensamientos. Por incomidad. Por inseguridad. Por el saberme insignificante, y por todo el ruido. Por ética. Cómo es el ser humano de adaptable, que sabemos seguir con nuestra vida como si nada a pesar de las atrocidades que se cometen cada día en el mundo. Atrocidades que bien parecen recién salidas de la última película de terror, o de un libro de historia. Atrocidades que nos deshumanizan, por lo acostumbrados que estamos a ellas. Y la impotencia de sabernos inútiles frente a ellas. La frustración de conocer, pero no poder hacer nada. El mundo sigue girando. Y con él, el cinismo de las sociedades del primer mundo, y de los privilegiados que hemos nacido en territorios por ahora seguros. En nuestros colegios se imparte ética y valores, pero en las esferas más altas brilla por su ausencia. A veces me knockea encontrarme con la facilidad con la que normalizamos las cosas. Aprendemos a vivir con la oscuridad y la barbarie bajo la alfombra. Son estos pensamientos los que me acechan. Qué clase de mundo es éste, para mis hijas. Y por eso a veces contengo estas oleadas de populismo, y de pesimismo, y enrosco fuerte el tapón de las ideas para que no se escape ninguna.
Y por más que intento escuchar música nueva, para ver si puedo seguir en la onda indie de los nuevos festivales, siempre me sorprendo pidiendo a Alexa canciones de Love of Lesbian.
Acojo en mi hogar Palabras que he encontrado abandonadasen mi palabrera Examino cada jaula y allí Ladrando vocales y consonantes Encuentro sucios verbos Que lloran después de ser abandonados Por un sujeto que un día fue su amo Y de tan creído que era Prescindió del predicado
Esta misma semana Han encontrado a un par de adjetivos transtornados A tres adverbios muertos de frío Y a otros tantos de la raza pronombre Que sueñan en sus jaulas Con ser la sombra de un niño
Señalo entonces A las palabras que llevan más días abandonadas Y me las llevo a casa Las vacuno de la rabia y las peino a mi manera Como si fueran hijas únicas Porque en verdad todas son únicas
Acto seguido Y antes de integrarlas en un parbulario de relatos o canciones Les doy un beso de tinta Y les digo que si quieres ganarte el respeto Nunca hay que olvidarse los acentos en el patio
A veces les pongo a mis palabras Diéresis de colores imitando diademas Y yo sólo observo como juegan en el patio de un poema
Casi siempre te abandonan demasiado pronto Y las escuchas en bocas ajenas Y te alegras, y te enojas contigo mismo Como con todo lo que amamos con cierto egoísmo
Y uno se queda en casa Inerte y algo vacío Acariciando aquel vocablo mudo llamado silencio Siempre fiel, siempre contigo
Pero todo es ley de vida Como un día me dijo el poeta Halley: «Si las palabras se atraen Que se unan entre ellas. Y a brillar Que son dos sílabas»
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